1 de diciembre de 2020

Los seles

Sel, "gorta" en el euskera local, desde la base de Aldamin

El historiador Alberto Santana Ezkerra me ha explicado que "lo más sugerente de los seles circulares es que parecen ser un modelo de gestión del suelo ganadero exclusivo del Cantábrico y, posiblemente, de origen protohistórico. Una joya cultural." Así mismo, me ha indicado que en el libro "Cinturón verde del Bilbao metropolitano", publicado por la Diputación Foral de Bizkaia en el año 2011, explicó qué es un sel y cuál es su origen, "korta" o "gorta" en euskera:
Ídem

"A principios del siglo XIV el paisaje estaba dominado por una red densa e invisible de gigantescos círculos entrelazados que cubrían todo el territorio, desde las cimas más altas de las montañas hasta la ribera del mar. Estos círculos, denominados "sel" en castellano y "korta", o más frecuetemente "gorta", en la variante local del euskera, eran grandes dehesas de monte abierto dedicadas al pastoreo de vacas y yeguas, y constituían, ya entonces, una de las fórmulas más antiguas de gestión del espacio y los recursos naturales conocidas en Europa.
Seles de Zeanuri (Fuente: GeoEuskadi)

Desde las praderas costeras de los acantilados de Algorta a los ventosos pastos de altura de Ganekogorta, pasando por las suaves colinas arboladas de Gangorta, en tierras de Lezama, aún se conservan huellas en la toponimia, en la documentación históricas y en el propio paisaje actual de varios centernares de los enormes círculos que constituían la reserva imprescindible de pastizal y maderas de las comunidades que habitaron desde los siglos más oscuros de la Edad Media hasta el estallido de la Revolución Industrial, a mediados del siglo XIX.
Situación del sel de las fotografías

Desconocemos cuál es la antigüedad de los primeros seles y la identidad cultural de quienes trazaron los círculos ancestrales, de casi medio kilómetro de diámetro, en estos montes. Algunas dataciones arqueológicas -no exentas de controversia- procedentes de seles del oriente guipuzcoano, señalan fechas del periodo romano, concretamente los siglos II y III, pero la gran concentración de seles en el entorno inmediato de los castros de la última Edad del Hierro , como los de Malmasin y Berreaga, sugieren la hipótesis de que tal vez fueron las pastores guerreros que habitaron estas fortalezas amuralladas en los tres siglos previos a la era cristiana quienes inventaron esta originalísima fórmula de aprovechamiento de los recursos colectivos, consistente en mantener unida la propiedad comunal de la tierra y asignar a cada unidad familiar el usufructo de una o varias parcelas circulares durante un periodo de tiempo limitado, para la crianza de su ganado y para proveerse de leña para el fuego o de maderamen de construcción para su casa. Transcurrido el plazo de tiempo acordado, se procedía a una nueva redistribución y, a veces, nueva demarcación de los seles de una ladera, con lo cual resulta frecuente encontrar círculos parcialmente superpuestos o secantes entre sí, y surgen las secuencias de topónimos locales que posteriormente se han convertido en caseríos y apellidos familiares como "Gortazar"/"Kortazar", "Kortabarria" o "Kortabitarte", con sus significados transparentes de "El sel viejo", "El sel nuevo" o "Entre dos seles".

En el territorio de Bizkaia, las citas documentales más antiguas relativas a la existencia de los seles se localizan precisamente en los montes que rodean Bilbao. En 1300, cuando do Diego López de Haro otorga a la villa de Bibao su carta puebla, define con claridad los límites jurisdiccionales de la población. La línea fronteriza se inicia en la punta de Zorroza, en la confluencia entre los Nervión y Cadagua, y remonta las aguas de este último hasta Pertxeta, donde se alzan las casas más occidentales de Bilbao, adentrándose en los terrenos históricos de Barakaldo. Desde allí gira resueltamente hacia el Sudeste por el barranco de Azordoiaga y se zambulle en un mar de decenas de seles de bosque y pastizal, de los que sólo se menciona por su nombre propio el de Egiluz -el más antiguo de Bizkaia. para llegar hasta uno de los mojones históricos de la villa, el sel de la Peña de los Hayas, el Pagasarri, y descender la cresta de la montañas, todavía entre decenas de seles trazados en ambas vertientes, hasta el collado de Olaluzeta y continuar la bajada, en un nuevo quiebro del camino, a través de los grandes círculos forestales de Buia, hasta volver a alcanzar la ribera del río a la altura de los últimos vados practicables a pie antes de que sus aguas se mezclen con las de la mares. Ni qué decir tiene que el ascenso desde el vado de Etxebarri hasta la sierra de Ganguren, por el barranco de Errekatxarkoa y los hombros de Arbolantxa, eran en el siglo XIV un terreno colmatado de seles y viveros forestales, en los que las campas se alternaban con bosques de roble bajo y con grandes hayedos en la cara norte, como los del sel de Pagaluzeta en vertiente de Lezama, ideales para el sesteo del ganado vacuno."

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